Nébula Rol

Los baños de Hadora

[Proviene de "Prisionero de la libertad"]
Aquí llega un nuevo relato donde nuestro protagonista callejea por Hadora la Deseada y mantiene un misterioso encuentro. Además de ser un relato entretenido, sirve al propósito de ambientar los próximos escenarios de juego, pues describe el ambiente de una de mis ciudades favoritas de
Sakrynia. Podéis leerlo a continuación y/o descargarlo haciendo clic en este enlace.

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El sol aún tardaría en llegar a su punto más alto en el cielo pero ya dejaba notar su quemazón inmisericorde anticipando una nueva jornada de ardentía.

Callejear por la medina de Hadora constituía un verdadero reto. Había que sortear obstáculos imprevistos en forma de tenderetes, que ofrecían sus mercaderías bajo la acogedora sombra de los toldos, y transeúntes, que se detenían inesperadamente cautivados por la oportunidad de alguna ganga. La angostura de las calles, que se retorcían por todo el barrio antiguo como almas atormentadas, no contribuía en absoluto a la fluidez del tránsito.

Pero a aquel extranjero le agradaba la experiencia de verse rodeado por ropajes de llamativos colores, escuchar el vernáculo griterío de sonidos tan singulares y tomar parte en la placentera batalla de esencias que luchaban por prevalecer enarbolando, por aquí y por allá, los estandartes del dulce, picante, refrescante, o afrutado.

Se detuvo frente a un puesto de frutas hechizado por el apetitoso aspecto de la mercancía. Tomó un albaricoque perfecto y levantó la barbilla mirando a un mercader de tez oscura que le obsequió con una sonrisa desdentada mientras pronunciaba algunas palabras en kalemí. Al ver que su nuevo cliente no le entendía, repitió las palabras más despacio mostrando su mano abierta, con los dedos separados, sin perder la sonrisa en ningún momento.

El forastero vaciló antes de hacer ademán de entregarle cinco piezas de cobre, pero el mercader las rechazó con un gesto y volvió a hablarle en kalemí. Cada vez que trataba de entregarle las monedas, el vendedor las rechazaba hablando cada vez más rápido y en voz más alta.

Cuando al extranjero le quedó claro que les resultaría imposible entenderse, devolvió el fruto a su privilegiado lugar en lo alto de una pirámide perfecta y abandonó el puesto, lo que provocó que el comerciante le persiguiera vociferando ya sin rastro alguno de la sonrisa falsa. Un tanto azorado, aceptó el albaricoque que el mercader insistía en que tomase pero cuando de nuevo intentó entregarle las piezas de cobre, el kalemí le dio la espalda caminando de vuelta hacia el tenderete mientras gritaba gesticulando teatralmente.

El extranjero se encogió de hombros y continuó su camino verdaderamente fascinado por el delicioso sabor de aquella fruta. Contempló maravillado su carne mientras masticaba otro jugoso bocado hasta que sintió unos leves tirones en la manga. Al mirar hacia abajo, descubrió a un niño con aspecto de pillastre que comenzó a hablarle en la lengua del sultanato para desistir enseguida y terminar comunicándose mediante signos.

—¿Quieres que te siga? —preguntó el extranjero imitando las señas.

El chiquillo asintió repetidamente y se dispuso a guiarlo. Regresó sobres sus pasos al ver que su interlocutor lo contemplaba inmóvil y volvió a realizar los signos con insistencia. ¿Y si se trataba de una trampa relacionada con el incidente de la pasada noche? No tenía a mano su espada y aunque siempre llevaba un cuchillo oculto entre las ropas no resultaría suficiente defensa contra agresores que contaran con experiencia o con la ventaja del número.

—¡Está bien, mocoso! —aceptó el extraño— No entiendo nada pero has despertado mi curiosidad. Tienes toda mi atención.

El niño se volvió para sonreír como si le hubiese comprendido y le guió con tanta rapidez que el extranjero tuvo ciertas dificultades para seguirle por las travesías abarrotadas.

Cuanto más se alejaban del zoco, más sencillo era caminar por las calles. A cada trecho, el muchacho se volvía para confirmar que el extranjero le seguía, e inmediatamente después reanudaba con seguridad su paso apresurado. Para no perderlo, el forastero se obligaba a caminar con zancadas largas pues si bien era cierto que las calles se encontraban cada vez menos atestadas, eran tan estrechas y retorcidas que parecían tragarse al crío para escupirlo inesperadamente a la vuelta de alguna esquina.

El chiquillo aguardó en un punto hasta que su perseguidor le dio alcance y sin concederle ni un instante para recuperar el aliento, tomó en sentido ascendente una avenida más amplia que se dirigía hacia la zona alta de la ciudad. Y sólo cuando al rato llegaron a una galería custodiada por soldados del emir, comprendió que se estaban encaminando hacia el interior de la ciudadela, el corazón mismo de Hadora.

La ciudadela se alzaba tras una muralla que permitiría aislarla de la ciudad en el caso de que un asalto lograra superar la defensa de los muros exteriores. Ya había ocurrido en el pasado, y en más de una ocasión, pero ahora sólo los más viejos recordaban eso.

Cobijaba en su interior los barrios nobles, la imponente alcazaba y por encima de todo, el soberbio y magnífico palacio del emir que, rodeado por amplios jardines de palmeras y árboles frutales, levantaba altivo hacia el cielo varias torres puntiagudas como si fueran los dedos de una mano con derecho a tocar las nubes. Se decía del palacio del emir, que no había lugar en Hadora la Deseada desde el que no fuese posible contemplarlo.

El chiquillo aflojó el paso permitiendo por fin que el extranjero caminara junto a él. Lo condujo por una escalinata de piedra rosada y se detuvo al llegar al último escalón. Un hombre joven y apuesto, de tez morena, vestido con una fina túnica de color claro sin mangas, le entregó algo al muchacho, seguramente unas monedas, y lo despidió con unas palabras en kalemí. Luego se dirigió al extranjero con una sonrisa y le habló también en la lengua de Kalem, con suavidad, señalando la entrada del edificio.

El forastero solo alcanzó a comprender la última parte del mensaje, “minfalah”, que quería decir “por favor”, y no dudó en acompañarlo hasta la entrada. Se descalzó cuando, haciendo lo propio, se lo indicó el joven, y entró después de él maravillándose por el espectáculo que se ofrecía ante sus ojos.

La sala de entrada tenía una anchura cercana a los cinco metros y al menos el triple de longitud. El suelo era de mármol con vetas rosadas, estaba jalonado por arcos de herradura que descansaban sobre medias columnas. El techo, una bóveda de medio cañón, presentaba múltiples luceras de vidrio rojo que tamizaban la luz del sol propiciando un ambiente cálido, relajante e íntimo, impregnado por el aroma del romero que se quemaba en algún lugar.

El joven le condujo hacia el lado izquierdo, más allá de los arcos, y le pidió mediante un gesto que entrase en una estancia más reducida donde dos mujeres, con ropajes de seda y pulseras de esclava, le desvistieron con suavidad mientras él se dejaba hacer un tanto desorientado. Una de ellas le envolvió la cabeza con un paño blanco formando un tocado que recordaba al característico turbante kalemí mientras, la otra, le calzó con unas sandalias altas de madera. Después le ciñeron otro paño blanco a la cintura cubriéndole las partes pudendas mientras las dos mujeres intercambiaban miradas traviesas.

El extranjero, completamente abrumado, volvió a la sala de acceso siguiendo a una de las esclavas que le guió hasta el extremo más alejado de la entrada principal cruzando un gran arco de herradura que desembocaba en una estancia mucho más amplia, saturada de vapor. La parte central de este salón cuadrado estaba rematada por una bóveda de casquete semiesférico bajo la cual se encontraba una piscina donde algunos hombres conversaban en voz baja, bebían o adoptaban una actitud relajada.

La esclava lo guió con delicadeza hasta una pequeña tarima, discretamente alejada de la pileta, dónde el extranjero empezó a sudar ligeramente. La mujer comenzó a frotarle la piel enérgicamente para estimular la sudoración.

Transcurrieron algunos minutos y entonces, la esclava que se estaba ocupando de él, le habló mediante señas y él la siguió dócilmente hasta un nuevo arco que cruzó en solitario mientras la mujer le despedía con una sonrisa.

La nueva sala, muy similar a la primera que se había encontrado, le dio la bienvenida con un calor muy intenso que provenía de una caldera de cobre situada bajo el suelo y que servía para calentar el agua de algunas piletas.

Dos esclavos le quitaron con delicadeza ambos paños y tras ayudarle a ponerse en cuclillas lo enjabonaron repetidamente de arriba a abajo. De cuando en cuando, hacían desaparecer la espuma lanzándole por encima el agua caliente con la que llenaban unos recipientes de madera. Al caer al suelo, el agua se convertía en humeante vapor aumentando la sensación de sofoco.

Después del remojón caliente, uno de los bañeros lo acompañó a la sala principal donde disfrutó de la agradable temperatura templada que dominaba la estancia. Allí fue sometido, de nuevo, a los expertos masajes de las esclavas que le ayudaron a reponerse de su última experiencia. Cuando una de ellas le pidió que volviese a la sala caliente, el adormilado extranjero obedeció casi a regañadientes.

Pronto se vio despojado de los paños por las manos experimentadas de los bañeros que, otra vez, lo enjabonaron por completo, pero aclarando la espuma, en esta ocasión, con agua inesperadamente tan fría que no pudo reprimir un pequeño grito fruto de la impresión.

Cuando los bañeros lo devolvieron a la sala templada, la esclava que lo aguardaba lo condujo discretamente a una estancia donde recibió un masaje reactivo acompañado por aceites y perfumes de agradable fragancia. La mujer que se ocupaba de él tuvo que despertarlo dulcemente al término del masaje ya que se había quedado dormido.

El joven que lo había acompañado a la entrada lo guió hasta el centro de la sala principal, y con un gesto le invitó a introducirse y relajarse en la piscina. Caminó erráticamente, el agua le llegaba por encima de la cintura y el paño empapado se convirtió en algo incómodo y pesado. Buscó un punto tranquilo e imitando a algunos de los presentes, apoyó la espalda contra la pared y extendió ambos brazos por encima del borde manteniéndolos fuera del agua. Casi inmediatamente, una servicial esclava le ofreció un vaso de cristal tallado que llenó de un líquido fresco y de olor dulzón.

—Bebed, el té afrutado os refrescará —invitó una voz afable en la lengua imperial—… Aunque quizá lo encontréis demasiado dulce.

El extranjero le dedicó un gesto de asentimiento al anciano que se había aproximado antes de probar la bebida, y por la expresión de su rostro, pareció dar su aprobación.

—Mi nombre es Ahmed al-Zaddul —se presentó así mismo el viejo—. Me parece que es vuestra primera vez en los baños de la ciudadela, ¿estoy en lo cierto?

—Lo estáis, Ahmed al-Zaddul —confirmó el extranjero— . Mi nombre es Dorian D’vrost.

—Conozco vuestro nombre —confesó el kalemí incapaz de reprimir una sonrisa, que resultó casi imperceptible, al advertir la expresión de sorpresa del extranjero—. Por favor, me sentiré honrado si os referís a mi por mi nombre corto. Por otro lado, salvo que os encontréis más cómodo cubriendo vuestros atributos masculinos, sabed que podéis liberaros de la tiranía de ese paño que os rodea la cintura.

Dorian comprobó con un rápido vistazo que, en efecto, sólo él utilizaba el paño. Incluso fue testigo de como un recién llegado lo llevaba sobre su hombro con total despreocupación.

El extranjero musitó unas palabras de agradecimiento mientras se quitaba el paño y lo dejaba junto al borde.

—Antes de que me lo preguntéis —se anticipó el anciano—, fue Mirlo quien me habló de vos ¡Y tuvo buenas palabras!

—Mirlo es un buen hombre —compartió Dorian—, a pesar de ser un mercader davaekiano.

Ahmed pareció encontrar divertida la afirmación del forastero y se rió a carcajadas.

—Ya conocéis el dicho —aseguró el kalemí— ¡Nunca os fiéis de un mercader! ¡Y os lo dice uno!

Dorian sonrió divertido ante la afirmación del viejo, que continuó hablando.

—Mirlo me ha contado que estáis disponible, y que contrataros es un buen negocio. Dice que usáis magníficamente tanto la espada como la cabeza, y creedme, la última es una cualidad que no abunda entre los de vuestra profesión.

Dorian no supo interpretar si el mensaje de Ahmed encerraba algún tipo de menosprecio envuelto en palabras agradables pero decidió conceder al viejo el beneficio de la duda.

—Una caravana partirá en unos días hacia Mad’af, la Joya del Desierto —informó Ahmed —. Me sentiría mucho más tranquilo si vos formarais parte del grupo que protegerá mis mercaderías. ¿Estáis interesado?

Dorian contempló sorprendido al anciano. Ayer mismo había recibido la noticia de que Mirlo no avanzaría más allá de Hadora. Había cambiado de planes y regresaría a Medosta con un cargamento de aceite y especias. Que Ahmed le diese la oportunidad de continuar hacia la capital kalemí parecía un regalo caído del cielo, aunque él dudara siempre de las buenas intenciones de los dioses.

—Lo estoy, Ahmed —aseguró Dorian—. Os aseguro que pondré todo mi empeño en el trabajo.

—¡Estoy seguro, mi nuevo amigo! —afirmó el mercader— Pero este no es el lugar para tratar los detalles. Disfrutad ahora de vuestra estancia en los baños, mi buen Rahdim os acompañará después a mi humilde casa y comeremos juntos.

El joven que lo había guiado al interior de los baños le dedicó una sonrisa desde el borde de la piscina y Dorian agradeció la invitación al comerciante que se despidió con una sonrisa.

El extranjero apuró la bebida refrescante, depositó el vaso en el borde de la pileta, y contempló pensativo como se alejaba su anfitrión. Los ojos expertos del mercenario captaron algo que lo alarmó ligeramente. Antes de desaparecer bajo la herradura de uno de los arcos, Ahmed intercambió una leve inclinación de cabeza con otro de los presentes que también abandonó la sala templada instantes después.

Dorian buscó su vaso vacío sobre el borde y se lo mostró a una esclava que acudió solícita a llenarlo. El extranjero se deleitó con el beso dulce del té frío y adoptó una postura cómoda con la mirada perdida. Había algunos interrogantes sin respuesta y era muy posible que las cosas no fueran lo que parecían pero, al menos, había algo en lo que Ahmed no había mentido. Nunca os fiéis de un mercader le había dicho. Y estaba decidido a seguir su consejo.

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