Nébula Rol

Prisionero de la libertad

[Proviene de "Dinero fácil"]
Este relato permite conocer de primera mano, los tejemanejes del canciller imperial para Yoilak y da algunas pistas sobre la situación yoilakesa y la posición del sultanato frente a la política monetaria del imperio. Podéis leerlo a continuación y/o
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Lasdryt se había visto arrastrada con resignación a un matrimonio arreglado con alguien a quien no había visto nunca antes del día de su boda. Casarse con aquel desconocido tan mayor le había parecido entonces el fin del mundo. Y saber que ese matrimonio la convertiría en reina algún día no había significado gran cosa para ella.

Sonrió con ternura al recordar su pudor en la noche de bodas y la delicadeza de su esposo. Día tras día, aquel hombre de buen corazón consiguió enamorarla un poco más, y aunque comprendía que entonces aquel marido de diecinueve años le pareciera un viejo a una niña de catorce, ahora que ella acababa de entrar en la veintena, había cambiado tanto su parecer que dejó escapar una risa cristalina al rememorar aquellos días.

—Celebro que al menos mi reina esté feliz —aseveró el monarca de Yoilak con un gesto demasiado sombrío para acompañar palabras como aquellas.

Lasdryt sintió una punzada de culpabilidad y acarició el rostro de su marido, pálido y con arrugas prematuras. Amaba a aquel hombre con todo su corazón, a sabiendas de que él era débil de espíritu. La necesitaba a su lado.

—Luce un día maravilloso —anunció la reina—. ¡Cabalguemos juntos por el bosque hasta el río!

El rey Wald levantó la mirada de la pila de documentos que estaba estudiando y torció la boca en una mueca de fastidio.

—¡No tengo la cabeza para oler flores y escuchar el canto de las aves! —replicó de mal talante—. ¡Soy el rey, maldita sea!

Un sirviente entró entonces en las dependencias reales y carraspeó nerviosamente temeroso por haber presenciado la escena.

—Han llegado, Majestad.

Lasdryt abandonó airadamente la habitación mientras su marido la siguió con una mirada de arrepentimiento. Ella era la única que lo trataba con amor y auténtico respeto y él se lo había devuelto de ese modo. Consideró disculparse pero cuando estaba a punto de hacerlo, dos varones entraron en la estancia.

Lasdryt ignoró a ambos hombres. Despreciaba al cónsul de Darsham y tenía motivos fundados para ello, pero el caso de Edfred era aún peor. Hasta la fecha había desempeñado su labor como consejero de manera satisfactoria y su apoyo al rey era absoluto pero la soberana detestaba a aquel hombre, no soportaba que posara su repugnante mirada sobre ella.

—¡Os estaba esperando a ambos! ¡La situación es preocupante! —comunicó el monarca con impaciencia indicándoles con un gesto que tomaran asiento antes de buscar con una mirada suplicante a su ministro —. ¡Explícalo tu, mi fiel Edfred!

El consejero inclinó la cabeza ligeramente y tomó aire satisfecho por acaparar toda la atención. Era un hombre de mirada huidiza y constitución frágil, con una larga cabellera rubia recogida en una cola de caballo y un fino bigote que caía mustio sobre la comisura de unos labios delgados. Vestía una túnica amplia, de color pardo, cubierta de símbolos referentes al culto de Yalin, la Diosa Madre.

—Como ordene Su Majestad. Soy un humilde servidor —su voz excesivamente aflautada sonaba ridícula y las ínfulas de falsa modestia provocaron que el cónsul imperial torciese el gesto—. Como ya sabéis, el Sultanato de Kalem ha establecido una tasa de cambio muy perjudicial para nuestros intereses. Ello supone que los beneficios comerciales menguen considerablemente. De hecho, la rentabilidad de muchas operaciones está amenazada, mi señor.

—Os lo explicaré, Malorfan —prosiguió Edfred al descubrir el gesto de incomprensión del cónsul—. Según ordena un edicto imperial al respecto, el Tesoro de Darsham acuña la moneda en unas nuevas condiciones, unas condiciones muy ventajosas para el Magno Imperio….

—Igual de ventajosas que para vuestro reino —interrumpió el obeso diplomático imperial con tono áspero—… Os recuerdo que Su Majestad el rey Wald se apresuró a adoptar idénticas medidas.

El monarca boqueó repetidamente sin encontrar una réplica adecuada y su rostro se relajó únicamente cuando el consejero acudió en su ayuda.

—Me limito a exponer los hechos para que podáis haceros cargo de lo difícil de la situación, estimado amigo —justificó el escuálido ministro—. La realidad es que desde hace un tiempo, los imperiales de plata se acuñan con menos peso y con mayor proporción de liga, lo que hace necesaria una menor cantidad de metal precioso para producir cada pieza.

—¡Maldita sea, Edfred! —graznó el cónsul darshamita que se removió inquieto en el asiento poniendo de manifiesto su impaciencia —. Conozco los detalles a la perfección. No en vano llevamos haciendo acopio de moneda antigua o extranjera para fundirla y acuñar una mayor cantidad de piezas nuevas.

—En efecto, mi buen Malorfan —aceptó el consejero separando ambas manos en un gesto tranquilizador tratando de calmar, así, al dignatario de Darsham—. Pero la novedad reside en que ahora los kalemíes están forzando el cambio de dos imperiales de plata por cada uno de sus naari, lo que para ellos abarata el precio de nuestras mercaderías tan violentamente como para nosotros eleva el de las suyas.

—¡Cómo se atreven! ¿Quiénes se han creído que son esos usureros de tres al cuarto? —explotó incontroladamente el cónsul con el rostro congestionado.

—En realidad no les falta razón —manifestó el soberano atreviéndose por fin a intervenir—. He consultado con el gremio de los monederos y ellos me aseguran que debido a la reducción de peso y la merma en la proporción de plata, un único naari kalemí basta para acuñar dos imperiales, o dos marcos yoilakeses.

El cónsul se atragantó con el vino y comenzó a toser violentamente mientras su rostro adoptaba un tono violáceo. Apretaba fuertemente la copa con sus dedos gruesos poblados de grandes anillos de oro y gemas mientras, con la otra mano, se sujetaba a la recia mesa como si temiese caer al suelo.

—El quid de la cuestión es —prosiguió deliberadamente Edfred sin conceder tiempo al agregado imperial para que se recuperase del todo—… que con la reducción de beneficios caerán también los ingresos por los impuestos con que gravamos al comercio y esto hará prácticamente inviable poder satisfacer el tributo a Darsham.

—¡De ninguna manera! —rechazó Malorfan entre toses—. El tributo no es negociable. Os recuerdo, Majestad, que vuestro reino ya se está beneficiando gracias mi plan tributario.

—Y yo os recuerdo que ese “plan tributario” vuestro como lo denomináis —intervino el rey en un inesperado brote de osadía— beneficia tanto al Reino Libre de Yoilak como a vuestro propio bolsillo.

Malorfan contempló atónito al monarca. En muy pocas ocasiones había demostrado un atisbo de firmeza y cuando lo había hecho éste había sido efímero. El orondo diplomático, con su rostro aún levemente amoratado y su frente calva perlada por minúsculas gotas de sudor, clavó su mirada en los ojos del soberano y éste terminó desviando la mirada.

—Gracias a vos, estimado cónsul, —continuó el frágil ministro con su irritante falsete— la cantidad que no va a parar a las arcas de Darsham lo hace a las del reino, es cierto. Y valoramos vuestra ayuda, por supuesto. Pero bien es cierto que vos sacáis una buena tajada de ello. Y si el Gran Lobo de Darsham llegase a conocer este… acuerdo nuestro, lo tildaría de ilegítimo y muy pronto tendríamos a las legiones a las puertas de Bryungurtia, y al poco, vos terminaríais colgado de un gancho en la plaza.

El grueso dignatario se estremeció ante la mención de aquella idea. El emperador no era conocido por su indulgencia y la traición se castigaba siempre de forma ejemplar. No. Drargran, el Primero de Su Nombre, Magno Emperador del Mundo, Gran Lobo de Darsham y Señor de Todas las Tierras, nunca debía enterarse de aquel acuerdo.

—Con gran pesar he de comunicaros, mi querido Malorfan —anunció el ministro con fingido abatimiento— que vuestra parte ha de utilizarse en su totalidad para satisfacer el tributo imperial.

¡Nunca! ¡Jamás! —gritó el cónsul extranjero golpeando la mesa por dos veces con el puño cerrado para terminar poniéndose en pie, altivo y desafiante.

—Os ruego que recapacitéis, mi querido amigo —pidió el rey Wald con la voz derrotada y la mirada perdida—. No soy un buen rey, hace años que mi reino está perdido. Mi propio padre entregó la mitad al firmar el Tratado de la Humillación y me temo que yo no voy a ser capaz de salvar la otra mitad.

Malorfan meditó sobre las palabras del rey. Había aludido al Tratado de Yerorbelle, al que las gentes de Yoilak acostumbraban a referirse como el Tratado de la Humillación, en virtud del cual, su padre el rey Manfred, cedió una parte del territorio al Magno Imperio de Darsham para detener así una guerra que de otra manera estaban abocados a perder.

—Soy el rey Wald, Soberano Supremo del Reino Libre de Yoilak —anunció solemnemente el monarca—. Y se que Yoilak compró su libertad. ¡Y bien que la paga puntualmente! Y vivo cada día con la certeza de que cuando llegue el momento en que no podamos pagarla, las legiones con el estandarte del Gran Lobo ocuparán mi reino y éste desaparecerá convirtiéndose en la provincia de un imperio extraño. ¡Será un fin terrible! ¡Trágico! Como terrible y trágico será vuestro propio final. Yo soy el rey Wald, un rey débil dicen, pero estoy preparado para ver el último día del Reino Libre cuando haya de llegar. ¿Y vos, mi querido Malorfan? ¿Estáis vos preparado para ese día?

El monarca se levantó con gesto cansado y sus dos acompañantes hicieron lo propio para dedicarle una obligada reverencia mientras se marchaba. Malorfan notaba como le ardían las mejillas, tenía el gesto crispado y la mirada clavada en la espalda del rey. Cuando éste se dio la vuelta inesperadamente, el cónsul no pudo evitar dar un respingo.

—¡Pagareis, cónsul! —vaticinó el gobernante— O escribiré al emperador Drargran de mi puño y letra para informarle de ese acuerdo nuestro a sus espaldas. Soy consciente de que eso precipitará nuestro final como reino, pero ya os lo he dicho antes. ¡Estoy preparado!

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